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Así como las buenas historias nunca olvidan los malos momentos, las buenas organizaciones nunca olvidan su mala organización. La usan. Hacen arte con ella. No toman el desorden, el caos y el rumor como personajes antagónicos, sino como actores protagónicos del orden, el cosmos y la comunicación.

Estas organizaciones, al analizar sus resultados, saben que cada número exitoso, cada indicador positivo, necesitó, como combustible previo indispensable, una proporción equivalente de elementos negativos, que fueron oportunamente transformados, refinados, reciclados. Así, nunca miran sus números superficialmente, como una ilusión óptica. Miran su cuadro (de resultados) como quien mira una obra (de arte).

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